Por Carlos Boker.
El árbitro de la elegancia que fue reconocido como tal por sus contemporáneos no lo fue sólo en el vestir y en el
vivir. Es autor de una novela, irónica, crítica, inteligente. Elegante. Como lo era su creador, Petronio.
Elegante. Según la Real Academia, en el Diccionario de 1984: Dotado de gracia, nobleza u sencillez; airoso, bien
proporcionado, de buen gusto. En sentido estricto, se dice de la persona que viste con entera sujeción a la moda y
también de los trajes o cosas arreglados a ella. El mismo diccionario, en I824, define elegancia como la hermosura que
resulta al estilo de la pureza, propiedad, buena elección y también como la correcta colocación de palabras cuando se
habla o se escribe. Luego aclara el término en latín: elegantia. Una segunda definición habla de hermosura, gentileza,
adorno. Más claramente: elegantia, cultus. Elegante es adornado, culto, selecto, en resumen, elegans. En el
Diccionario Nacional de la Lengua Española, Don Ramón Joaquín Domínguez se explaya sobre el tema. Nos define: El
grado de sublimidad que resulta de la unión de lo bello con lo grave y majestuoso, en los seres en que la naturaleza
ostenta su grandeza y hermosura, así es que llamamos flores elegantes a aquellas en que la naturaleza ha prodigado
todas las galas más pomposas de la belleza y cierta suntuosidad majestuosa.// El conjunto de circunstancias que
constituyen lo que se llama buen tono, tanto en el vestir, como en el hablar y escribir.// Cualidad del estilo que consiste
en la gravedad y nobleza unidas a la fluidez, gracia y rotundez del lenguaje. La palabra parece haber perdido actualidad.
Tiene un cierto olorcillo a exclusivo, a algo que ha dejado de tener sentido, que se ha quedado olvidado en alguna
buhardilla, destinado a ser alimento de polillas o escondrijo de arañas. Quizás exista solamente en el vocabulario, y en
los recuerdos o las esperanzas de un grupo prófugo, muy a su pesar, de la extrema juventud. Y sin embargo…me
temo que sea una nostalgia que va más allá del tiempo pasado, una melancolía contradictoria, ya que mira el presente
y el porvenir. La elegancia tiene que ver con la cultura, como lo denota su definición latina. Más que una moda en el
vestir es un modo de vida, en que mesura y parsimonia ocupan el lugar de lujo o derroche, en que en lugar de consumo
compulsivo lo que hay es apreciación de la belleza y serenidad. Elegancia es ver el mundo, y la sociedad de los hombres,
como un sitio en que la paz es superior al conflicto, en que la belleza tiene cierto grado de armonía, en que se eligen
palabras y gestos que comunican claramente un pensamiento articulado y bien formulado. Elegancia es respeto por los
otros y por sí mismo, es también búsqueda de lo que crea un entorno adecuado para la maravilla diaria que es el ser
humano, como parte de la naturaleza y de su propia cultura. La elegancia no modera los sentimientos, ni los embota,
pero controla su expresión, permitiendo que sean comunicados a los demás sin el patetismo que parece lo buscado por
medios de comunicación que viven de la desgracia ajena y sus menos cuidadas representaciones. Hasta la más
desgarradora tragedia es mejor comunicada con sobriedad. Elegancia es también el uso de los términos precisos y
más apropiados para comunicar lo que pensamos, lo que esperamos y lo que tememos. Elegancia es parsimonia, es
decir, la elección del camino más simple para llegar a una conclusión o a la solución de un problema. Es una virtud, o un
vicio, adquirido, y es ventana abierta a la comunicación. Su mensaje es inmediato, reconocible en palabra, voz y gesto.
En un mundo en que reina la imagen, a menudo sin sustancia que la mantenga, echa abajo todas las barreras de
nuestros prejuicios y de nuestros condicionamientos sociales.
La elegancia puede ser vara por la cual medimos a los demás, y a la comunicación que nos ahoga a cada hora. Si la
aceptamos, en su realidad, alejada de la riqueza o la posición social, podremos evitar la vulgaridad que se suele convertir
en la regla común por la que se rigen tantos programas, que por razones no explicadas son considerados cultura
popular. Está claro que existe una deliciosa vulgaridad, como un picante mínimo que adereza el mundo. Pero ningún
plato puede ser simplemente ají cacho de cabra. Los estómagos que lo soportan terminan mal.
Tomado de:
http://ceu.uniacc.cl/index2.php?option=com_content&do_pdf=1&id=55
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